El repunte del petróleo en medio del conflicto en Irán ha vuelto a colocar a la inflación en el centro de la narrativa de mercado y, con ello, a modificar las expectativas sobre la trayectoria de las tasas de interés. El encarecimiento del crudo impacta en los rendimientos de los bonos de largo plazo, que han comenzado a subir ante la posibilidad de que los bancos centrales mantengan una postura restrictiva por más tiempo. Este escenario nos lleva a preguntar: ¿este es momento para invertir en bonos a 10 o 30 años?
En entrevistas con ALTO NIVEL, Fernando Suárez, Senior Portfolio Manager en Fintual, y Mariano Sardans, CEO de la gerenciadora patrimonial FDI, coinciden en que el mercado atraviesa un proceso de recalibración de expectativas. El encarecimiento del crudo ha desplazado la discusión desde el calendario de recortes hacia la duración de la política restrictiva, en un entorno donde el shock energético amenaza con frenar la desinflación y elevar la prima por plazo en la curva.
A diferencia de los bonos a plazos menores a 1 año, que dependen de las tasas de interés de los bancos centrales, los instrumentos multianuales son más sensibles a las expectativas del mercado. Las perspectivas deinflación proyectada y del crecimiento económico a largo plazo mueven los rendimientos y precios.
Actualmente, los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años ofrecen un rendimiento del 4.4%, y para el gobierno existen temores de que alcancen un 5%. Un bono estadounidense al 5% obliga a los activos de mayor riesgo, como las acciones y los mercados emergentes, a ajustar sus precios a la baja para poder competir con la seguridad del dólar. En México , el bono a 10 años ronda el 9.45%, con un diferencial de 500 puntos base (bps) frente a su par estadounidense, una brecha que explica la fortaleza reciente del peso.
Este entorno de cautela global contrasta con la reciente decisión de Banxico, que en su última reunión optó por recortar la tasa de referencia en 25 puntos base. Hace una semana, la Reserva Federal estadounidense dejó sin cambios su tasa, reconociendo que los efectos de la guerra en Irán son “inciertos”. El movimiento de Banxico ocurre a pesar de que la inflación repuntó a 4.6% en la primera quincena de marzo, y mientras el crudo coquetea con los 100 dólares por barril. Esta desconexión que ha puesto a prueba el diferencial de tasas, que ahora es de 300 puntos, la menor desde febrero del 2016.
El canal inflacionario domina la reacción del mercado
Para Fernando Suárez, el alza del crudo encarece combustibles, transporte, logística y, con rezago, parte de alimentos y bienes. Esto se traduce en una mayor inflación y mayores expectativas de inflación de corto plazo.
Cuando el mercado percibe que ese shock puede contaminar la inflación subyacente (la que no depende de energéticos o productos del campo) o desanclar expectativas, empieza a postergar recortes de tasas o incluso a descontar una política monetaria más restrictiva por más tiempo”, detalla.
En la práctica, esto ya se refleja en la curva de tasas, es decir, en los rendimientos que el mercado exige para prestar dinero a distintos plazos. Cuando los inversionistas anticipan más inflación o tasas elevadas por más tiempo, piden mayores rendimientos, sobre todo en bonos de largo plazo, como a 10 o 30 años.
Ese ajuste impacta directamente en el precio de los bonos. Un bono (como los emitidos por el gobierno mexicano) tiene un valor inicial, por ejemplo 10 pesos, y paga un interés fijo. Sin embargo, puede venderse antes de su vencimiento en el mercado secundario. Si las tasas suben, los nuevos bonos ofrecen mejores rendimientos, por lo que los bonos anteriores, que pagan menos, pierden atractivo. Para que alguien los compre, su precio debe bajar, por ejemplo de 10 a 9 pesos.
Ahí se generan las minusvalías: el inversionista que vende antes de tiempo recibe menos de lo que invirtió, aun cuando el bono siga pagando. Este mecanismo se intensifica en los bonos de largo plazo, cuyos precios reaccionan con mayor sensibilidad a los cambios en tasas.
Los mercados temen a la estanflación, pero el horizonte sigue abierto
Por su parte, Mariano Sardans advierte que el mercado ya incorpora un escenario más restrictivo en sus valuaciones. Para el experto, el incremento en los precios del crudo puede tener efectos estanflacionarios. Es decir, un escenario donde se junta una inflación elevada con un crecimiento económico limitado.
Los bancos centrales ven subir la inflación subyacente y general por el canal energético y de segunda ronda. Los mercados han recortado drásticamente las expectativas de relajamiento monetario e incluso se llegó a incluir en los precios el riesgo de un alza de tasas temporal”.
En este contexto, el ajuste en tasas se traduce en caídas de precio más marcadas en los bonos de mayor plazo. Sardáns lo resume así:
“El petróleo caro es bajista para los precios de los bonos de largo plazo y alcista para sus rendimientos”.
Mientras predominen las expectativas inflacionarias, el ajuste en tasas seguirá traduciéndose en caídas de precio y minusvalías en los instrumentos de mayor duración.
Es en este punto donde el análisis se abre hacia una segunda fase posible del ciclo. Fernando Suárez introduce un matiz al señalar que el impacto del petróleo no es lineal en el tiempo, y que el mismo shock que hoy presiona a los bonos podría más adelante cambiar de signo. El experto de Fintual apunta que los precios del crudo también enfrían la actividad económica y el consumo.
“Al principio, el mercado suele reaccionar más al riesgo inflacionario, por lo que suben los rendimientos de los bonos largos y caen sus precios. Pero si el shock energético termina dañando seriamente el crecimiento, más adelante puede aparecer demanda por refugio y los rendimientos largos podrían volver a bajar”.
Ese cambio de fase también modifica la dinámica de los bonos. Cuando el mercado comienza a preocuparse más por el crecimiento que por la inflación, los inversionistas tienden a buscar refugio en deuda gubernamental, lo que empuja los precios al alza y reduce los rendimientos.
Sardans reconoce ese posible giro, aunque su lectura se concentra en el corto y mediano plazo, donde predominan las presiones inflacionarias y el riesgo de un entorno estanflacionario. Bajo ese escenario, las tasas largas podrían seguir ajustándose al alza antes de encontrar un punto de equilibrio.
El dilema del inversionista: anticiparse o esperar confirmación
La diferencia entre ambas visiones se vuelve más evidente al abordar el posicionamiento. Suárez plantea la decisión en función de la tesis de mercado:
“Si alguien cree que el shock petrolero será transitorio y que terminará debilitando el crecimiento, entonces los bonos de largo plazo pueden verse atractivos. Pero si la tesis es que el petróleo se mantendrá alto por varios meses, entonces conviene tener cautela con duración larga”.
El punto central es el tiempo en que se ejecuta una estrategia. Entrar antes de que las tasas alcancen su punto máximo puede implicar minusvalías en el corto plazo, incluso si la tesis de largo plazo resulta correcta.
Sin embargo, los inversionistas que mantengan sus bonos hasta el vencimiento no materializan esas pérdidas de precio. En su lugar continuarán recibiendo los pagos pactados, aunque enfrentan riesgos como inflación y costo de oportunidad.
Sardáns adopta una postura más táctica y advierte sobre los riesgos de adelantarse.
“No es atractivo entrar agresivamente en duración larga ahora, porque el shock petrolero todavía está en fase de descubrimiento de precios. Si el conflicto se mantiene, la tasa del bono estadounidense a 10 años podría subir fácilmente hacia niveles de 4.6-4.8%”.
Aún así, Sardáns matiza que si se buscan bonos indexados a inflación (TIPS en Estados Unidos, bonos indexados en Europa o Udibonos en México ), los inversionistas podrán protegerse de minusvalías en el portafolio. Por el contrario, los bonos de largo plazo son más sensibles hasta que no haya una desescalada o reapertura parcial de Ormuz, advierte.
Ambos coinciden en que el entorno exige monitorear señales clave. La trayectoria del petróleo, la evolución de la inflación subyacente y la comunicación de los bancos centrales serán determinantes para evaluar el momento de entrada. El mercado permanece especialmente atento a cualquier indicio de que las autoridades monetarias consideren el shock energético como transitorio o persistente.
Quien decida capturar los rendimientos actuales en la parte larga de la curva (10 o 30 años) debe estar preparado para soportar minusvalías contables si el bono estadounidense toca el umbral del 5%.
No obstante, para el inversionista con horizonte de largo plazo, estos niveles representan tasas de entrada atractivas. Esto especialmente cuando Banxico retoma un ciclo de recortes que podría valorizar los bonos actuales si las tasas comienzan a bajar. El mejor escenario es que el shock inflacionario global no se prolongue.
Fuente: Alto Nivel
