El 18 de marzo, símbolo de la expropiación petrolera de 1938, encuentra a Petróleos Mexicanos en una paradoja que sintetiza el debate energético actual: mientras el discurso oficial ha apostado por la soberanía energética y la producción local de combustibles, la empresa sigue enfrentando pérdidas, un endeudamiento elevado y una dependencia creciente del apoyo público.
Eventos como el cierre de facto del Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, presionan al alza los precios globales. En ese entorno, incluso países productores enfrentan gasolinas más caras, porque el crudo y sus derivados se comercializan a precios internacionales. Se trata del mayor shock energético desde la invasión de Ucrania en 2022.
Actualmente, el crudo Brent, referencia en Europa, rebasa los 100 dólares, y la mezcla mexicana de petroleo se ubica en 93 dólares. El escenario reconfigura precios y expectativas, reintroduciendo la inflación importada incluso en países productores de petróleo, como México .
“Muchos dicen que hay países independientes energéticamente. Sí, es correcto, México es independiente y Estados Unidos también. Pero las empresas venden a precio de mercado, con lo cual terminas teniendo inflación importada”, explicó Mariano Sardáns, CEO de FDI, en entrevista con ALTO NIVEL.
Aunque México produce petróleo, no puede haber gasolina barata
Esta lógica se refleja con claridad en el mercado de combustibles. Aunque México produce petróleo y ha incrementado su capacidad de refinación, el precio de la gasolina no se determina de forma aislada, sino en función de referencias internacionales y costos logísticos.
En este contexto, el Gobierno de Claudia Sheinbaum optó por renovar en 2026 el acuerdo con gasolineros para mantener el precio de la gasolina regular por debajo de 24 pesos por litro.
El mecanismo busca contener el impacto inflacionario, pero también evidencia el límite del modelo. Si los precios internacionales suben, el mercado interno tiende a seguirlos, a menos que intervenga el Estado.
Aunque México exporta crudo caro, importa gasolinas caras, y como la producción de crudo está en su mínimo de una década, el beneficio de los precios altos de exportación no alcanza para compensar el costo de la refinación y la deuda.
El límite de la soberanía energética
Uno de los pilares del actual modelo energético ha sido la idea de que refinar más petróleo en México permitiría reducir los precios de los combustibles y blindar al país frente a la volatilidad externa. Sin embargo, en la práctica, ese objetivo enfrenta restricciones tanto de mercado como operativas.
Por un lado, los precios de las gasolinas siguen determinados por referencias internacionales. Por otro, el propio desempeño de Pemex en refinación ha puesto en duda la viabilidad económica del modelo.
Al cierre de 2025 y de acuerdo con datos oficiales, Pemex procesó 1.27 millones de barriles diarios. Estos registraron un rendimiento superior a 70%, es decir, 70 de cada 100 barriles se convierten en combustibles de mayor valor comercial como gasolinas y diésel. La producción de petrolíferos alcanzó 908,000 barriles diarios, reflejando mejoras operativas en el Sistema Nacional de Refinación.
Sin embargo, este avance convive con un problema estructural: la empresa pierde dinero al refinar. El segmento de Transformación Industrial ha acumulado pérdidas durante varios años consecutivos. Las afectaciones son altos costos operativos, rezagos en mantenimiento y niveles de eficiencia por debajo de estándares internacionales.
A ello se suma un factor menos visible pero relevante: la forma en que se contabiliza el negocio. De acuerdo con el periodista Sergio Sarmiento, el crudo que abastece al sistema de refinación se ha transferido internamente a precios por debajo del mercado.
Mientras el petróleo de exportación promedia más de 60 dólares por barril, áreas internas han llegado a recibirlo en niveles cercanos a 30 dólares. Esta práctica mejora artificialmente los márgenes de refinación. En términos económicos, no se trata de mayor eficiencia, sino de una reasignación contable: lo que pierde el área de exploración y producción lo gana refinación.
Una empresa que depende del Estado
A esto se suma el efecto del tipo de cambio. Para 2026, Hacienda estimó un nivel de 17.9 pesos por dólar y un precio del petróleo cercano a 62 dólares por barril. El tipo de cambio llegó a caer hasta a 17.08 pesos en enero, aunque la volatilidad ya lo llevó a 17.77 pesos.
La debilidad del dólar y un petróleo que rondaba los 60 dólares llegaron a presionar los ingresos del gobierno a inicios de año. Una variación de 20 centavos en el dólar puede restar 8,300 millones de pesos en ingresos petroleros para el gobierno. Actualmente, la empresa se encuentra en una posición más fuerte tomando en cuenta sus operaciones de exportación.
Sin embargo, los datos financieros reflejan una realidad difícil de conciliar con el discurso de autosuficiencia. En 2025, Pemex registró una pérdida neta de 45,200 millones de pesos, a pesar de recibir 396,200 millones en aportaciones de capital del Gobierno federal, según desglosa el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).
Por primera vez en años, la empresa recibió más recursos del Estado de los que aportó en impuestos y derechos, lo que confirma su dependencia estructural de la hacienda pública.
Según el IMCO, la deuda total se mantiene en 1.53 billones de pesos. Por otro lado, el patrimonio neto es negativo en -1.98 billones, reflejando un deterioro acumulado durante más de una década.
Producción en declive y límites estructurales
A nivel operativo, la empresa enfrenta otro desafío clave: la caída en la producción de crudo, que en 2025 promedió 1.37 millones de barriles diarios. Se trata de su nivel más bajo en más de una década.
Aunque la refinación y la producción de gasolinas han aumentado, el rezago en exploración y producción limita la capacidad de sostener el modelo en el largo plazo.
La expropiación petrolera ocurrió el 18 de marzo de 1938, cuando el presidente Lázaro Cárdenas decretó que los activos de las compañías petroleras extranjeras —principalmente de Estados Unidos y Reino Unido— pasaban a control del Estado mexicano. Tras este proceso, México tomó control de la producción, refinación y comercialización del petróleo. As, creó Pemex, marcando el inicio del monopolio estatal en el sector energético.
