Fragilidad estructural. La volatilidad del petróleo expone a Bolivia en un contexto de baja liquidez, alta dependencia de importaciones energéticas y presión sobre el déficit, la inflación y el tipo de cambio, en una economía poco estable”
La escalada geopolítica en Medio Oriente, con impactos directos en el precio del petróleo y los mercados internacionales, encuentra a Bolivia en un momento de alta vulnerabilidad estructural.
Cuatro expertos analizan los riesgos, dilemas y posibles salidas ante un escenario incierto,
Estos conflictos demuestran la incidencia de esa región en economías como la boliviana. La combinación de tensiones entre Estados Unidos, Irán e Israel, junto a episodios de desescalada temporal, ha generado una fuerte volatilidad en los precios del petróleo y en los mercados financieros globales. Para Bolivia, altamente dependiente de la importación de combustibles, el impacto es inevitable.
El economista Fernando Romero advierte que este shock externo llega “en el peor momento”, cuando el país aún atraviesa un proceso frágil de ajuste. “No es que la economía estaba sana, sino en una estabilización precaria; por eso, cualquier shock externo agrava los desequilibrios”, sostiene. La escasez de divisas, las bajas reservas internacionales líquidas y el elevado déficit fiscal configuran un escenario en el que el alza del petróleo incrementa la presión sobre el tipo de cambio, la inflación y las cuentas públicas.
Francesco Zaratti, físico y analista en energías, coincide con la dimensión global del conflicto. Según explica, la tensión en el Estrecho de Ormuz —por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial—ha disparado los precios del crudo.
“Cualquier interrupción en ese cuello de botella impacta en todo el mundo, porque el petróleo es un commodity global”, señala. Además, advierte que Bolivia enfrenta una debilidad crítica: la ausencia de reservas estratégicas de combustibles. En ese contexto, el país podría verse obligado a elegir “entre el hambre de la inflación o la peste del déficit fiscal”.
Pero la crisis no es solo extema. Zaratti también apunta a problemas internos en la gestión energética. Tras la reciente escasez de gasolina, considera más probable que existan “omisiones culposas en la logística de compra, certificación y almacenamiento”, lo que ha derivado en una “profunda erosión de la confianza ciudadana” en la estatal petrolera.
Desde el sector empresarial, Ronald Nostas amplía la mirada al impacto productivo y logístico. “El conflicto no solo eleva el precio de la energía, sino que también repercute en variables macroeconómicas clave y en las cadenas de suministro globales”, afirma. En su criterio, Bolivia enfrenta riesgos adicionales por la posible escasez de buques cisterna, mayores exigencias de pago al contado y dificultades para garantizar combustibles en volumen y calidad adecuados. Esto podría traducirse en mayores costos para sectores como la agroindustria, la minería y el comercio.
Para Bolivia: el descenso del crudo alivia la factura de importación de combustibles (9 de cada 10 litros de diésel son externos). Antes de la pausa, el shock había presionado el Presupuesto 2026 (proyectado con Brent $us 75-80), advirtió Mariano Sardans, especialista financiero.
Nostas también advierte sobre el impacto en las reservas internacionales y el riesgo de conflictos sociales si los aumentos se trasladan a los consumidores. En ese marco, considera inevitable un ajuste en el precio de los carburantes y propone medidas concretas: diversificar proveedores, importar desde países vecinos, mejorar la eficiencia de las refinerías y reforzar el control del contrabando. “La crisis debe ser el punto de inflexión para asumir la política energética como prioridad nacional”, enfatiza.
Por su parte, el especialista financiero, Mariano Sardans, introduce un matiz clave: la reciente pausa táctica en el conflicto ha generado un alivio temporal en los mercados.
“La suspensión de ataques redujo el war premium” y provocó una caída del petróleo de hasta 13% en una sola sesión”, explica. Este movimiento alivió momentáneamente la presión sobre economías importadoras como Bolivia, reduciendo el costo de importación de combustibles y la demanda de dólares.
Sin embargo, Sardans es claro en advertir que este respiro es transitorio, “Da oxígeno por uno o dos meses, pero no resuelve la fragilidad estructural”, afirma. Bolivia continúa enfrentando un nivel crítico de reservas líquidas —apenas entre Sus 340 y 383 millones— y una alta dependencia de importaciones energéticas. Si las negociaciones internacionales fracasan, el shock podrá reactivarse con fuerza.
El análisis también se extiende al sistema financiero. Sardans señala que la banca boliviana enfrenta “riesgos elevados pero gestionables”, con tensiones en liquidez en dólares, cartera reprogramada y presión regulatoria. No obstante, destaca su resiliencia gracias a una regulación conservadora, altos niveles de provisiones y apoyo del Banco Central.
DATOS RELEVANTES
Bolivia importa aproximadamente el 70% de los combustibles que consume; en diésel, la cifra llega a 9 de cada 10 litros.
El precio del petróleo superó los $us 100 dólares por barril, con aumentos de hasta 50% en pocas semanas.
Tras la pausa en el conflicto, el crudo cayó entre 10% y 13%, reduciendo temporalmente la presión global.
Las reservas internacionales de Bolivia rondan los $us 4.200 millones, pero solo 9% son divisas liquidas.
El déficit fiscal proyectado se acerca al 12% del PIB.
El Estrecho de Ormuz concentra cerca del 20% del comercio mundial de petróleo y GNL.
EL DATO 383 millones de dólares en liquidez. El país enfrenta un margen limitado para sostener importaciones de combustibles.
Fuente: Economy
